EL CATALEJO
Los
días de invierno mirábamos por él, desde la ventana del desván contemplábamos
el río Saja, la Hermita
de San Miguel, el puente que lo atraviesa y las gentes que corrían a casa, la
huerta de la vecina, con algún que otro pájaro, y la estación de FEVE con sus
mercancías llenos de bobinas o carbón.
Mi
padre se sentaba en un viejo sillón, nosotros que éramos un montón en el suelo,
y después de haber mirado por él, teníamos que inventarnos un cuento, y así
pasábamos las tardes.
Hoy
está en mi casa, no tiene su caja azul forrada de terciopelo, está viejo y no
se ve por él.
Pero
siempre que lo miro vienen a mi memoria aquellos días de mi infancia.
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